Escolástica recreativa



El universo ordenado que necesito para resolver mi duda debe ser el más simple posible, si fuese de un elemento sería ideal, pero me restaría margen de acción. Otro de dos no es suficiente para establecer las referencias necesarias. Debe ser entonces un conjunto de tres. Podría estar constituido por un gran ojo centrado al interior de un triángulo, yo con pelo largo, barba y bigote, y una paloma. En ese orden.
El día menos pensado se me presenta el ojo (inserto, como siempre, en su plano tetraédrico perfecto, al acecho de la cuarta dimensión), y me comenta que ha preparado un pastel cósmico, que si bien no tiene la cualidad de ser perfecto, se compensa con ser infinitamente justo, me comenta también que al elaborarlo se percató que la naturaleza propia del pastel le exigía que éste fuese compartido, desde luego, con todo el arreglo de igualdad y justicia que implica un universo de tres, de otra forma el pastel estaría, en estricta justicia, incompleto, "así pues, he tomado ya mi parte en proporción y justa medida, ahora es necesario que tomes la tuya en la porción correcta, para que la paloma a su vez haga lo mismo, y una vez distribuido el pastel cósmico pueda constituirse. No tardes en tu encargo, quiero constatar cómo me quedó, me retiro". Deja un última pista en solemne despedida. "Recuerda, no importa cuán justo puedas ser, sino cómo es que lo eres". El ojo se diluye. Yo me quedo con un pedazo de torta y la sensación de no ser perfecto.
Sé bien que el ojo nunca se equivoca y en materia de justicia es implacable, por ello para evitar el error hay que tener en cuenta que la justicia cuando se administra entre iguales es conmutativa y equivalente para todas partes, y que cuando se imparte entre desiguales la administración de la misma se da en proporción al mérito de cada uno de los implicados. Esta dualidad permite que en el universo que busco no seamos iguales pero tampoco diferentes.

Por ejemplo:
El ojo me dejó medio pastel, yo lo parto a la mitad, así tenemos que el ojo tiene 1/2, y la paloma y yo un 1/4, cada uno. Entre la paloma y yo no hay diferencia, mientras el ojo es el doble de igual que cualquiera de los dos, lo que no corresponde al orden universal que necesito, en todo caso yo debería ser el doble de igual que la paloma, porque el ojo es el doble de igual que yo, no existe entonces una relación de proporciones que nos diferencie a cada uno de los tres entre sí, sólo a dos.

Por ejemplo:
El ojo me dejó dos tercios de pastel, yo parto a la mitad el pedazo, y así el ojo tiene un tercio, yo un tercio, y la paloma lo mismo, somos idénticos y tenemos un universo justo, pero desordenado. Como los elementos idénticos pueden presentarse en cualquier orden sin que se perciban diferencias, esto causaría un desorden en el universo ojo-yo-paloma, o acaso paloma-yo-ojo. Así pues, esta excesiva justicia no corresponde al universo que busco, habida cuenta de que en él debe haber igualdad y diferencia, y al proporcionar de esta manera el pastel, más que igualdad, hay identidad.
Corrijo el exceso de justicia con arbitrariedad, cierro el entero con un tercio perfecto y dos aproximaciones (.335 el ojo, .333 yo, .332 la paloma, en ese orden), y entonces no hay una relación que nos indique que tan iguales somos, sino sólo qué tan diferentes. Para rastrear el justo medio entre diferencia e igualdad, es necesario desequilibrar el exceso de justicia entre los tercios idénticos con una iniquidad, pero una iniquidad justa.

Por ejemplo:
El ojo me dejo una fracción de pastel, él tiene una parte, y yo la otra, la paloma que nada tiene debe verse favorecida en extremo en la partición de tres. Levanto el pastel, lo sopeso y con fina sincronía lo separo en dos pedazos, el mío de .618, y el de la paloma, de .382 y justo entonces se abre el cielo, se iluminan las nubes y desciende hacía mí la paloma. Le ofrezco su ración. La observa, le da vueltas con su patita y después de un breve lapso, me comenta:
-Es una porción generosa, apenas y la podré llevar entre mis patas. Gracias.
-Son mutuas, le señalo.
-¿Tú lo hiciste?
-Sólo le di el toque final. Es un regalo del ojo.
-Gracias a ambos, me lo llevaré para compartir con elementos de otros universos a los que también pertenezco-, me dice a manera de despedida.
-Gracias a ti también-, le contesto y acoto en despedida, -recuerda compartirlo en forma justa, tú sabes...- guiño un ojo y hago un ademán con las manos. 
La paloma se da por enterada, bate sus alas y llevándose en sus patitas la porción de pastel cósmico se eleva con dirección al cielo.
La miro perderse en la distancia y la admiro, a pesar de tener la porción mínima su intención es compartir. Su visita me ha dejado un bienestar interior que quisiera hacer extensivo al ojo, por ello agradezco a él el alimento, y mientras lo degusto, repaso:

En el primer bocado:
La justicia debe tomar pequeñas tendencias en un universo de diferencias.
El que es menor en proporción debe ser el más favorecido aunque se altere todo el sistema.

En el segundo bocado:
En mi universo la paloma es en proporción el menor, de ahí que su tercio sea el extremo, es decir, en lugar de un presunto .350+.330+.320 para ajustar el entero, la relación entre los desiguales debe ser .310+.310+.380, o más justo aún es .309+.309+ .382 (la paloma).
Al cargarse, la fracción mayor con el elemento menor, los dos tercios restantes no pueden ser inferiores cada uno a .382 (la paloma), sería injusto sólo recorrer la cobija cuando aún queda mucho pastel (yo y el ojo), de ahí que los tercios se vean recompensados por su generosidad con generosidad, al dejar de ser dos (.309+.309) y fundirse en un solo .618, (yo).
Al partir el pastel me he diferenciado de la paloma y a la vez he utilizado la porción y por tanto la proporción que el ojo ha indicado, así si me comparo yo (.618) con (.382), soy mayor que la paloma 1.618 veces, y por tanto el ojo debe ser mayor que yo 1.618 veces, lo que es lo mismo decir .999.
Así he encontrado el universo ordenado en las justas proporciones para cada uno de sus elementos, formado por el ojo-yo-la paloma, 3/3 generadores, 2/3 generosos, 1/3 favorecido.

Tercer bocado y se me acabó el pastel:
Para el ojo, el pastel cósmico es imperfecto, quizá porque se puede ser infinitamente justo, ya que los tercios generosos se cierran de manera infinita (1.618033988749894848204586... número de Fidias, número áureo, divina proporción, razón dorada, razón áurea, media áurea, etc., -1 más la raíz cuadrada de 5, sobre dos-) mientras que para mí el patrón con que está elaborado es perfecto, ya que permite una gran diversidad en igualdad de proporciones.
Así pues, según se ajuste el cierre de los tercios de la paloma y mío (1.618, 1.618033, 1.618033988..) para determinar el entero, los tercios generadores variarán del .999 al infinito, lo que corresponde en mi universo ordenado a 3/3 generadores.
De esta forma se hace evidente que el ojo al elaborar el pastel cósmico cedió más de la mitad del total, pero además, y lo más importante, cedió la chispa generadora de la partición, la misma que permite ajustar los tercios para cerrar la unidad estática (el pedazo de torta) y que a su vez no permite cerrar los 3/3 generadores que complementan la unidad dinámica, o infinito pastel cósmico.
Así pues, el que la paloma tenga 1/3 favorecido, yo 2/3 generosos y el ojo 3/3 generadores, en las proporciones justas, no implica tanto que el pastel cósmico sea tres fracciones iguales y diferentes al mismo tiempo, ni mucho menos tampoco que haya dos enteros de pastel, sino más bien, que hay un sólo pastel cósmico idéntico y único.
El ojo, yo y la paloma .
Así sea.

Ascensión

para Julio Ángel Morales Reyes


Abrió los ojos, ya no le punzaban. La claridad en el ambiente, la diáfana presencia de los rayos del sol iluminando el ancho de la banqueta le hicieron parpadear en varias ocasiones. La escena era la misma, el mosaico quebrado de la acera, los parquímetros, a lo lejos el puesto de revistas y en esta ocasión una persona recargada en una vitrina de esas que exhiben birotes gigantes para su venta. A diferencia de otros despertares ahora las imágenes no se extraviaban, la realidad se dejaba atrapar. Podía mantener la vista fija sin que se le entrecruzaran los objetos, había dejado de experimentar el vértigo continuo en el que vivía, día y noche, siempre que se mantenía en vigilia. Notó también que su estomago no ardía, ni su cerebro se quemaba, los eternos murmullos no rondaban más por su cabeza, habían desaparecido. Sintió temor.
Sin mayores calambres musculares ya, se revisó y de entre sus harapos, en la bolsa del pantalón, palpó el botecito de alcohol rebajado con poca agua. Sus miedos se esfumaron. Antes de dar un primer trago quiso seguir disfrutando ese nuevo despertar ausente de calamidades, por su cabeza pasaban suaves pensamientos y no aquellas voces candentes o esos helados susurros que le acompañaban incesantes. "Tú no te llamas Armando, te llamas Fabián". A lo lejos divisó un par de policías que se dirigían directo a él, caminaban sincronizados a un mismo paso, en la medida que se acercaban podía distinguir el impecable azul de los uniformes, lo brillante de sus insignias. "Tuviste tres hijos, dos mujeres, una casa". Cuando llegaron a él, desde el suelo observó los dos pares de botas, con el lustre y las amarras propias de los buenos cadetes, levantó su mirada para encontrar los ojos de los uniformados. "Jugaste cuando niño, tuviste seis hermanos, madre y padre". Ambos a un mismo tiempo se reclinaron, le cogieron cada cual del codo y antebrazo, lo sacaron de entre los cartones, el periódico y una sabana sucia, apestosa. "Tuviste momentos de fortuna y esperanza". Sus pies apenas tocaban el piso, sostenido en ambos flancos por el par de policías. No mostraban agresión, ni enfado, le sostenían encaminándole por la 5 de febrero. "Fuiste víctima y victimario, viviste lo que pudiste y no llegaste a los cuarenta años". Caminaban en línea recta, el andar ligero del grupo se volvió etéreo, la marcha uniforme del par de policías se dirigía hacía arriba, caminaban elevándose veloces, pronto cruzaron el entramado de cables de energía eléctrica. Miró hacía abajo y observó el techo del edificio de la Central Camionera que lo había llevado a esa ciudad, el tránsito por la calle de Los Ángeles estaba cargado, como siempre a esas horas del día. Vino a su mente el recuerdo de aquellos felices días, cuando niño descolgaba guamúchiles de los árboles, llenaba dos bolsas e iba a venderlos a la plaza. Sacó su botecito de alcohol para darle un trago profundo y prolongado, su visión se nubló gris del todo, los uniformados le internaban en una nube espesa de ese cielo azul.
Nocturna
Por la ventana entreabierta corre el aire tibio de la noche tropical, la cortina ondea permitiendo que la habitación se ilumine tenue con la luz de la luna. Aquella recamara está inundada de un placentero silencio. Ella tendida en la cama tiene los ojos cerrados y el cuerpo dispuesto a sentir las caricias de un viento que invita, por su piel corren marejadas de sangre ardiente que entre ola y ola le recuerdan que es luna llena, que es una noche perfecta.
Sus manos recorren sus piernas, estrujan sus muslos y se inquietan cuando al llegar a la entrepierna sus dedos hacen contacto con el vello púbico, sabedora de lo que el futuro inmediato le depara, sonríe. Se lleva una mano al pecho y tantea sus senos descubriendo en ellos la dureza de un par de pequeños pezones que trata de reconocer, los estruja, los moja con saliva y los siente tan suyos, como aquel calor que brota en lo interno y se dispara diluido en sus caderas, rumbo al bajo vientre.
Abre los ojos y de entre la oscuridad a poco se van delineando siluetas, una silla, el espejo, ropa dispersa, zapatos, un algo en lo más oscuro que no acierta adivinar qué es, y sin embargo lo sabe. Al cerrar sus párpados lo percibe con mejor claridad, la silueta se dibuja en el espacio y toma forma, aprieta fuerte sus ojos cerrados y lo ve, le reconoce, es él. Aquél que es como ninguno, que aparece de una mancha en la pared, el que cruza a través del espejo, o como ésta noche, aquél que de entre la oscuridad emerge para apaciguar la tromba que su cuerpo ha desatado.
Ella lo ve acercarse, lleva la diestra a su sexo hinchado y húmedo mientras con la siniestra soba su costado irguiendo su firme pecho, invitándole a besarlo. Él se acerca, con el dorso de la mano vuelve a cerrar sus ojos y se reclina sobre ella.
Siente una lengua recorrer su piel y unos brazos coincidir con sus rodillas, con sus muslos y caderas, disfruta un repentino embate de su sangre que brota de debajo del ombligo, es la boca ardiente que impávida se desliza por todos los rincones de su cuerpo.
Sus bocas chocan, sus cuerpos se emparejan, la vulva esta dispuesta y los labios henchidos piden recibir al otro sexo, siente cómo la penetra, cómo un miembro cumple su deseo. Suspira levemente, al tierno ritmo impuesto por el goce, restriega su mano en una espalda, en unas nalgas, la cadencia cambia y sus caderas bailan, la excitación marea sus pensamientos. Inmersa en un ansiado frenesí distingue árboles mecidos por el viento, una noche clara, un arroyo que corre turbulento donde se refleja una luna llena ondulante con el agua. Tendida sobre el pasto espolea a su caballero, masculla en su oído gemidos incitantes mientras una y otra vez su amante le acomete. Siente en su sexo el cosquilleo que emerge, aprieta fuerte con sus piernas y se resguarda en el cuello de ese que no para en su tarea de manejar la pelvis de ella; sin poder controlar más preámbulo todo estalla, el sonido es más intenso, los olores más profundos, sus visiones más claras, de súbito el cuerpo suyo se quiebra en millones de pedazos luminosos que se vuelven a adherir fusionados por el fuego intenso que nace en sus genitales y bulle por la carne trémula que recién se recompone para partirse y después fundirse una y otra vez.
Su cuerpo se destensa, siente el aire que fluye por la habitación como un velo que la cobija y la agazapa, vuelve en sí satisfecha, más ligera, abre los ojos en repetidas ocasiones y percibe la mediana oscuridad como una cómplice incondicional, seca su mano en la sabana de la cama, su boca esboza una sonrisa mientras disfruta el remanso en el que se ha convertido su recamara. Su amante se ha esfumado, sin adiós de por medio. Ella sabe que volverá.
Se levanta de la cama y se dirige a la ventana, antes de cerrarla hurga en el cielo, la encuentra, la observa fijamente, sus ojos brillan, admira una luna completa, redonda y bella.

La variante del dragón



Cogió el trebejo y lo colocó en el escaque. Oprimió el mecanismo que paró su reloj y puso a correr el tiempo para las negras. Planteó un juego abierto. Su carácter poco paciente, explosivo, no le permitía concentrar su atención en otras opciones. La contraparte mostró su propio argumento, desplazó el peón alfil dama un par de casillas. El duelo se desarrollaría en un escenario auspiciado por la defensa siciliana.
Los nervios le habían invadido aun antes de presentar sus armas en este combate decisivo. La desazón le provenía principalmente por inseguridad, como en sus primeras partidas. Con la práctica había logrado canalizar el cúmulo de sensaciones que experimentaba conforme se desarrollaba el juego. A medida que se despejaba la incógnita clave -el siguiente movimiento del adversario-, sus temores se templaban, para desplazar sus pensamientos por extraños dominios mentales donde se mezclaban, en aparente contradicción, el cálculo exacto y la fantasía sin amarras.
Su segundo movimiento lo realizó de rutina, el caballo del rey dominó las casillas centrales. Aquí las negras hicieron su primera breve pausa, discurrían de qué forma orientarían su siciliana. Presentaron el peón dama un escaque al frente.
Él no tenía mucho qué decidir y como la regla dicta, abrió el centro mandando peón. Una vez que las primeras piezas se hubieron batido y retiradas del campo de batalla, las negras brincaron su caballo de rey, amenazando capturar el peón central. Él también brincó su caballo, inhibiendo la amenaza. Enseguida las negras desplazaron el peón del caballo una casilla, el blanco supo que ese espacio libre sería ocupado en el movimiento siguiente por el alfil del rey. Estaba escrita la historia, en el laberinto siciliano se había cruzado una puerta y no había regreso ya.
Se jugaba al pie de la letra, tal cual el libro; a las blancas les gustaba el capítulo del alfil inglés y desplazaron el trebejo a la tercera del rey. El desarrollo de las piezas negras era previsible en sus siguientes intervenciones, una mínima variación en la secuencia teórica permitiría a las blancas hacer caer en desventaja a su rival. Sin embargo no se confiaba, quien detentaba las negras era un prestigiado jugador en ese reducido medio, un campeón que quería refrendar su título por quinta ocasión consecutiva y con el que ya había jugado, en otros torneos, en otras instancias, un par de ocasiones, obteniendo en ambas sendas derrotas.
En cada evolución de las piezas el tablero despejaba sus espacios y los ejércitos tomaban posición preparándose para una encarnizada batalla. Se llegó al punto en que las negras enrocaron, en corto. Él también hizo la jugada defensiva por excelencia, pero en su segunda variable, el enroque largo.
Con los enroques opuestos la lucha marcó su perfil, que para el caso sería feroz y sin tregua, se había planteado una de las variantes con mayor grado de incertidumbre para ambos bandos, en la que cada movimiento implicaba un grado de decisión sumo. Se jugaría una partida de doble filo donde el instinto asesino podría llevar a la muerte.
Marcó en la papeleta su reciente jugada, tres ceros separados por guiones. Se levantó a caminar por entre las mesas del auditorio. Le dominaba una reflexión, no se dejaría llevar por la astucia de su contrincante, las negras sabían de su proclividad al ataque, al sacrificio, al romance. Sin embargo no caería en provocaciones. Si quería salir victorioso, tendría que ser cauto y reflexivo, de otra manera la variante del dragón le haría caerse en pedazos.
Dio una vuelta al salón. El bullicio era mayor que en las anteriores jornadas, a medida que transcurría el certamen los perdedores abandonaban la acción para pasar a la contemplación y el murmullo. En la última ronda sólo jugaban cuatro mesas, en cada una de las dos categorías. Disputaba la primera mesa de la segunda fuerza, el rango mayor de juego en esa penitenciaria.
Apenas en un par de años de práctica y estudio había logrado esa meta, disputar el grado de primer jugador de aquella micro sociedad. Al fin le parecía un logro pequeño, pero mientras estuviese privado de su libertad no podría ser mayor.
Ahí había aprendido los rudimentos del juego, era su primera estancia, y juraba sería la única. Desde su ingreso, y aún después, cuando se había adaptado a su nueva vida cotidiana los días le parecían interminables. Había pasado por todas las rutinas, ir a la escuela, trabajar de jardinero o de panadero, asistir a los talleres de herramientas; pero ninguna de éstas actividades llenó sus expectativas vitales de la manera que lo hizo el ajedrez.
Una tarde, camino de regreso a su módulo, vio a dos internos sentados en el pasto, inamovibles, como petrificados, la curiosidad lo acercó al tablero y las figuritas sobre el cuadriculado llamaron su atención, le pareció ridículo que se tomara con tanta seriedad un juego con monitos. Se sentó cerca de ellos a observar. Uno de los jugadores cogió una pieza y le dijo al otro, “jaque”. El otro no chistó, actuaba con natural indiferencia, como si estuviese sordo. Un par de minutos después movió su rey, la siguiente jugada fue acompañada con otro sonoro jaque. Aunque no conocía la mecánica del juego, entendió que estaba viendo el desenlace. Escuchó otras cuatro veces la palabra jaque y vio cómo el rey era empujado a refugiarse en un hueco, ahí se acabaron los anuncios de jaque. Enseguida, el jugador que había estado todo el tiempo callado, hizo un movimiento de pieza, levantó su cabeza y le dijo directo a su adversario: “Mate”. Vio cómo el perdedor sacudió la cabeza sin despegar su mirada del tablero, no lo podía creer. El juego había terminado.
-¿Pero, por qué?-. Le preguntó a los jugadores, confundido por el vuelco en el repentino desenlace.
El ganador, contento, solazado, le hizo entender que dos piezas tenían copado al rey y que una tercera lo fulminaba, sin posibilidad de escapatoria, el rey estaba muerto. A partir de ese día quedó prendado. Conforme se iba inmiscuyendo en el juego y sus ojos desvelaban superficiales secretos del mismo, se arrepentía de haber dejado pasar todo un año desde su encierro sin haber tenido antes contacto con ese pasatiempo. A partir de entonces sus días giraban en torno al cuadriculado tablero.
Volvió a la mesa, observó la posición, su reloj corría y las negras habían comenzado el despliegue de fuerzas. Todo apuntaba que, su contraparte desplazaría sus piezas pesadas al ala de dama y en un oportuno sacrificio de calidad desarmaría su enroque, para después despejar el alfil del dragón, una diagonal mortal. Las piezas negras se colocaban con facilidad en posición amenazante, los ánimos del blanco mermaron, pensó que quizá en algún momento de la partida había perdido un tiempo, repasó la lista de jugadas sin encontrarlo. Serenó sus pensamientos, se repantigó en la silla. Pasaron algunos minutos de meditación y ejecutó un siguiente movimiento. En respuesta las negras brincaron un caballo dando franco inicio a las hostilidades.
Conocía la variante, sabía que las negras intentarían sorprender, mandar el golpe oculto directo al mentón para después derribarlo con una combinación noqueadora. Conocía la jugada siguiente en el orden, sin embargo dejaba correr el reloj, las pausas le hacían entrar en trance, le permitían internarse en el tablero para intentar descubrir sus más íntimos alcances. Esa idéntica disposición de piezas la había analizado decenas de veces, de cualquier manera aguzaba la mirada, colectando de entre los escaques, las razones suficientes que apoyaran su ulterior decisión. Avanzó el peón de la columna dos casillas, mandándolo a la guerra, de acuerdo a su propio plan de ataque y ceñido a la estricta teoría.
Jugar o seguir las partidas de sus compañeros reclusos, no le resultaba tan placentero como reproducir los capítulos de un libro. Antes de que sus familiares le allegaran de literatura trocó trabajo por algunas horas de lectura, cuando no lavaba una cobija, aseaba alguna celda, después iba y rentaba con internos de su misma afición un libro o una revista. Al principio se ganaba los cigarros, luego los cinco pesos, después ya pocos apostaban en su contra, acaso algún jugador que le retara a cincuenta pesos, y si su economía lo permitía, se enfrascaban en un largo y reñido duelo. En libertad experimentaba todos los días la miseria, el hambre y la necesidad, pero la vorágine la conoció después, apenas llegado a aquel penal. Su familia recibió con gusto su repentina pasión, su mamá aligeró sus angustias cotidianas, sólo le pedía que no apostara. A su papá se le hacía muy curioso verle callado y quieto, como pensando.
El negro se desplazaba feroz. Él sin amedrentarse, continuó su ritmo lento y reflexivo, calculaba las posibilidades de las piezas ligeras en el centro, y los diversos puntos ciegos que se revelaban de entre decenas de posibles escenarios. Puso a buen recaudo a su monarca, para el caso en que se sacrificase la calidad. Dio avance a los peones del ala de rey, tratando de minar el enroque adversario y abrir líneas para jugar las torres. Pronto el negro tendría que decidir por dónde comenzarían las explosiones.
Con un obligado cambio de piezas ligeras las negras ahorraron tiempo para doblar torres en la columna del alfil de dama. El siguiente era un turno complicado para las blancas, no alcanzaba a descifrar las consecuencias posteriores y en un ejercicio de comodidad postergó el ataque directo al rey enemigo. Brincó su caballo amenazando capturar la dama negra, para después intentar cambiar el alfil dragón. Las negras pusieron a resguardo su dama y conocedoras de las posiciones que no admiten posponer un ataque, una vez que contuvieron el embate blanco esperaron quince minutos para realizar su movimiento. La libreta de anotaciones consignaba, para la jugada diecinueve, alfil captura peón, un sacrificio.
Las blancas daban lectura al osado movimiento, al parecer la sorpresa había llegado. Después de diez minutos de deliberación interna, se convenció de que la dinámica impulsada por las negras debía ser controlable, así pues, desplazó su peón en diagonal capturando al alfil suicida. Sucedió entonces que las negras, en inusual breve lapso, esgrimieron sobre la mesa un argumento que él ya no esperaba, la auténtica sorpresa había llegado, las negras trocaban torre por caballo, un segundo sacrificio. Temático en el dragón, ahora las negras ofrecían la calidad.
Con diez minutos de retraso en el control del tiempo y pendiente de mover en una posición delicada, y sorprendido y obligado a aceptar un segundo sacrificio pensó que probablemente ya estaba labrada su derrota. En caso de que los cálculos negros fuesen correctos poco quedaba por hacer, acaso oponer una defensa tenaz; pero si por el contrario, existía alguna grieta en el ataque de su adversario, un mínimo contraataque sería suficiente para obtener al menos, las tablas, concluía sus reflexiones en busca de consuelo.
Mientras aprendía ajedrez, extrañaba menos su vida pasada, cuando despertaba en su cama, entre los muebles de su cuarto. Su mamá ya tenía el desayuno preparado, y un café. Él tomaba el café y salía con la bolsa de comida, caminaba doce cuadras y esperaba el transporte de personal. Por las tardes regresaba de la fabrica a su casa a ver televisión, o salía al barrio a encontrarse con amigos, tenía muchos amigos. Por las noches iba a donde su novia. Así le pasaban los días. Sin mayores conflictos con nadie. Recién cumplía la mayoría de edad, y de entre sus hermanos él era el más joven.
Un sábado a las tres de la mañana cambió su suerte. No padecía de insomnio, esa noche debía de estar dormido. Llevaba un par de horas dando vueltas en el colchón cuando escuchó la escandalera. Al oír los gritos y el sonido de las piedras estrellarse en las paredes y los carros, se asomó por la ventana, vio pasar corriendo dos sujetos perseguidos por cinco o seis, atrás de ese grupo se acercaba otro, la oscuridad no le permitía distinguir, pero escuchó claro la voz de uno de sus hermanos que desde lejos pedía que le abrieran la puerta. De inmediato se dirigió al auxilio, cuando abrió la puerta de la calle, lo encontró tirado en el suelo, en medio de un círculo que formaban los que le habían dado alcance. De entre los agresores escogió al más activo y fue directo contra él. Lo sacudió con un golpe certero, el círculo se abrió permitiendo al caído incorporarse para después huir corriendo a su refugio. Era el momento de imitar a su hermano, pero un breve haz de luz de luna lo dejó estático haciéndole perder preciados segundos que le hubieran permitido ponerse a salvo, el débil destello provenía de la hoja de acero de una navaja. Una sombra se abalanzó directo sobre él, con instinto evitó el tajo y no dudó en estrellar su cabeza contra la de su agresor que aturdido soltó el arma. 
La navaja cayó al suelo, se agachó a recogerla y mientras se incorporaba, con una destreza que él mismo desconocía, la dirigió contra otra sombra que intentó arremeter en su contra. La hoja le entró abajo del sobaco, por el costado izquierdo. Un chillido seco desconcertó a todos, la sangre escurría de la hoja manchando sus dedos. El herido dejó de pelear, giró media vuelta con la intención de huir y caminó un par de metros para después desplomarse.
Desde esa madrugada entró al remolino de las instancias judiciales, a pender de un expediente y de promesas nunca cumplidas por abogados, a esperar plazos perennes. La primer sentencia dictó doce años. La segunda, la confirmó. Internos leguleyos, en labor de apoyo emocional, le habían dicho que acogiéndose a los beneficios, para su caso en particular, con siete años purgados podría obtener su libertad. Todavía tenía pendiente una tercera y última sentencia, un juicio de amparo promovido por la defensa oficiosa.
Con tres años de interno no pensaba verse en libertad, sino hasta recorrido el largo trecho marcado por los jueces, el ajedrez le servía para tender un puente para caminar ese lapso apoyado y poder llegar ahí, al último día de su condena. En más de una ocasión se caía, desesperado le daba vueltas al acontecimiento queriendo reconstruir lo pasado, imaginando un presente distinto. También le daba por pensar que el rompecabezas se armaba solo y que ningún cambió valía para alterar el pasado, que el destino estaba escrito de principio a fin. Entonces le preguntaba a dios, el porqué le tocaba a él soportar aquella carga.
Las piezas negras hacían evoluciones en el tablero, entraron por el centro con caballo capturando dos peones y recuperando la calidad. Las blancas se revolvieron atrás, con torre y rey defendieron un punto doblemente amenazado, otorgando libertad de movimiento a su dama. En este escenario las negras recularon. Él aprovechó este respiro para conectar sus piezas; a fuerza de encontrarles una mejor colocación tuvo que cambiar su última torre. El resumen de aquellas escaramuzas dejaba como saldo una diferencia de material, las negras contaban en su haber con cuatro peones blancos, por un caballo entregado. Así el medio juego quedaba cerrado y se pasaba a la parte más delicada de la partida.
Evaluó la posición. Le restaba sólo maximizar la batería de alfil y caballo apoyados de la dama, para atacar al rey enemigo pertrechado en una orilla. Por amenaza tenía una larga cadena de cuatro peones, tres de ellos pasados, apoyados a su vez por dama y el alfil dragón, única pieza en la artillería negra aún con vida en el tablero. Como por fortuna, el peón que anclaba la cadena negra a su vez cortaba el paso al rey negro, confinándolo a la esquina. Con estas claves armó una maniobra que no pudo repasar. La jugada treinta y ocho para las blancas, a dos minutos del control de tiempo para cuarenta, consignaba un desplazamiento de caballo posesionándose en el pequeño centro, donde la naturaleza de esta pieza despliega su mayor fiereza.
Las negras abrieron un lapso para analizar la posición, en un lance meramente psicológico ofrecieron un cigarro a su oponente, él lo recibió de buena gana, pero no lo prendió. La mesa estaba rodeada de observadores arremolinados que clavaban fijas miradas en el tablero, el juez del torneo tomaba nota del desarrollo de la partida cotejando el reloj. La punta de la bandera pendía débil del minutero.
El negro avanzó la infantería, entró al final de juego concentrando esfuerzos en colocar un peón al borde del tablero, donde podía trocarse en cualquier figura, donde el alma del ajedrez transmigra a otros cuerpos.
Las blancas continuaron la batalla resguardando a su monarca de un factible jaque con dama. Una vez cumplido el control del tiempo evaluó una vez más la posición y se levantó de la mesa, prendió el cigarro que las negras le regalaron. Mientras no entrara a una cadena de jugadas obligadas que tuviesen como último eslabón el jaque mate un grado de incertidumbre estaría latente, sin embargo, en su último análisis no había encontrado, en los movimientos negros, uno que parara en definitiva su maniobra. La partida estaba liquidada.
Caminaba por el salón mientras imaginaba el gusto que le daría a su familia cargar su trofeo y ver su diploma, le dirían campeón, sería el campeón. Él por su parte, experimentaba una felicidad truncada siempre en el mismo punto, aunque sentía un gran regocijo, la victoria sólo estaría completa cuando se disputase fuera de esos muros. Recordó la situación de Fischer y pidió al cielo para que no fuese extraditado a su país. Una vez más vino a su mente el suceso que lo tenía, a él mismo, purgando condena. Imploró perdón al difunto, él ya le había perdonado. Apagó el cigarro pisándolo contra el suelo y regresó a la mesa a encontrarse con el desenlace.
Se abrió un hueco entre la ronda alrededor de la mesa para permitirle tomar asiento, la posición estaba intacta, corría el reloj de las negras, pasados los minutos decidieron su lance, avanzaron un paso el peón de la columna de dama. Un movimiento totalmente ajeno al centro de la disputa; el negro incapaz de acechar el peligro, seguía férreo su plan de hacer valer tres peones libres. Las blancas por su parte colocaron el alfil delante de su dama culminando el golpe táctico; las negras entonces, debieron de haber buscado la defensa mágica, la jugada salvadora, no obstante continuaron atacando. Posicionaron su dama en un escaque desde donde amenazaba capturar peón enemigo y a la vez apoyaba el avance de uno propio. El blanco movió su alfil con la intención de cercar al rey enemigo y cerrar la red de mate. El rival, ciego de confianza, entró a séptima con peón. A un paso de la promoción con jaque, jugada cerca de la gloria, la dama empujaba al soldado en la antesala del triunfo. 

Dos visiones distintas sustentadas con diferentes argumentos llegaban a las últimas instancias defendiendo cada una su versión, pero las realidades paralelas construidas en contraste ya no cabían en el tablero, la verdad se había decantado por un bando, las negras lo intuyeron cuando el caballo blanco brincó a la sexta del alfil rey, dejando ver su brío con un jaque y amenazando mate en cuatro, el alfil dragón tuvo que efectuar su primer y único movimiento, aún sin mostrar sus efectos, su sola presencia había sido baluarte en la lucha, ahora, al capturar caballo, discreto se retiraba evitando la secuencia al mate. Las negras observaron cómo su alfil caía en manos del antagonista, ahora el alfil blanco usurpaba la gran diagonal, la lengua de fuego había cambiado de color. La posición era contundente. El negro entró su peón a octava promoviéndolo por dama, y una vez que el blanco puso al rey a salvo del jaque que daba la recién llegada, las negras constataron que no contaban con mayor opción que esperar su muerte resignadas, ninguna posibilidad evitaba que la dama blanca entrase en la séptima hilera dando mate en tres. El negro acepto su derrota, cogió su rey para llevarlo al centro del tablero anunciando su rendición.
Estrecharon sus manos, se agradecieron mutuamente e intercambiaron firmas en sus papeletas, ninguno de los dos intentó entrar al análisis del juego, intercambiaron chanzas para después retirase cada cual por su lado. Él se dirigió a reportar el resultado. En la mesa los mirones cobraron vida, armaban y desarmaban la partida haciendo sus propios comentarios en torno al rompecabezas. El juez estaba por terminar el cómputo de resultados. Pronto la fiesta llegaría a su fin, sólo quedaba esperar la ceremonia de premiación y clausura, que como siempre, sería muy emotiva.
Playa San Telmo

Toco en mi pecho una argolla, veo las olas chocar contra los peñascos y escucho el retumbar del agua bañando las piedras de sal, han pasado muchos años, pero mientras toco este anillo que cargo en el pecho, una amarga sensación me obliga a pensar que aquél otro aún tiene que estar por aquí.
Sentado en el tronco de una palma escuchaba y no, lo que Ramiro platicaba con Felipe. Haciendo mandados me ganaba el alimento así como la confianza y amistad de la gente del lugar, sin oficio ni rumbo me di cuenta que ser dócil, servicial y atento me daría el sustento, y ahí estaba yo, sentado en el tronco de una palma.
-De veras, me la voy a robar-, escuché otra vez decir a Ramiro, Felipe no paraba de reír.
-No te digo cuándo, pero así será Felipe, ¿No me crees?
-No, sí, sí puede ser, cómo no, pues mi hermana está muy joven y muy chula, pero ¿A poco de verdad te animarías?
-Como que te estoy diciendo- se jactaba Ramiro.
Felipe se soltó a reír a una vez más, cuando calló, dejó pasar unos segundos. Recompuso su desparpajada actitud y con fría voz serenada hizo la invitación.
-A qué Ramiro, no me habías dicho. Tráete las cervezas, vamos a mi casa.
Sin esperar respuesta alguna dio media vuelta para dirigirse a su pick up, Ramiro siguió a Felipe mientras yo limpiaba la basura que dejábamos y recogía las cervezas, ya para subirme a la camioneta Felipe volteó para conmigo.
-¿Tú a dónde vas güerito cabrón?
-¿Cómo que a dónde, si ya nos vamos?-. Felipe me miró malicioso y sonrió.
-Súbete pues, nos vamos.
Me fui atrás, sentado sobre la llanta de refacción, con la hielera entre las piernas. Disfrutaba del aire de la carretera cálido y húmedo, caía la tarde y el sol pegaba con benevolencia. Felipe manejaba a velocidad moderada. Les destapé otro par de cervezas en el trayecto, no habían bebido mucho pero ambos andaban muy alegres, durante todo el camino no pararon de carcajear, hasta yo me sentía contento.
Llegamos a casa de Felipe, pasamos directo al patio. Arrimé unas sillas bajo un arbolito recién regado, Ramiro se sentó y Felipe llamó a gritos a su papá. El viejo salió de por ahí saludando, antes de acercarse más, Felipe le dijo:
-¿Cree usted apa? Aquí Ramiro dice que se va a robar a la Nena.
-¡Ah chinga! Ni que fuera perro o gallina.
-Pues, aquí Ramiro se sostiene, dice que sí, que se la roba-, afirmó irónico Felipe.
El viejo, molesto por la insistencia burlona y previendo la seriedad de la situación, estalló con cólera mesurada.
-¿Bueno, y para qué me lo traes aquí, entonces?
-Porque aquí el patio está muy grande-. Dijo al tiempo que sacaba la escuadra que siempre llevaba fajada a la cintura, y tiraba sobre la humanidad de Ramiro cuatro tiros, todos certeros, el primero a la cabeza. Bajó el arma, volteó para conmigo y me preguntó:
-¿Cómo ves?-. Impactado por los giros que toma la vida, no acerté otra cosa qué contestar que lo que veía.
-Está muerto, bien muerto.
-Sí, ¿Pero cómo ves?-, insistía en preguntarme algo que sonaba a nada. Yo veía con la mente los segundos anteriores, cuando la carne crispada reventada por un proyectil manaba sangre en gotas que fueron a parar al suelo y a la pared. Un parpadeo me hizo volver al captar una luz, el reflejo de un anillo que el difunto llevaba en su mano izquierda.
-¿Me lo regalas?-, le pregunté mientras le señalaba el valor pedido, sonrió de buena gana y con un resentimiento apagado contestó.
-Claro, quítale todo lo que quieras.
Sólo me interesó la argolla, el espejo de aquella luz que se me había colado de reojo para adentrarse en el limbo de mis pensamientos, alojando para siempre en mi ánimo la huella indeleble de la muerte. Se la quité y la observé con detenimiento, era una argolla dorada, de buen peso, sin piedras, sólo relieves algo gastados. Pasaron unos minutos de tenso ambiente, por toda la casa se escuchaban pasos atrabancados, portazos y algunos gritos. Felipe fue por un petate, entre los dos envolvimos a Ramiro, lo amarramos con un mecate.
-Vete para la playa y regresa al rato-, me ordenó Felipe. Yo le dije que mejor jalaba para mi casa.
El anillo me quedó grande, no embonó ni por poco en ningún dedo de mi mano, opté por colgármelo en el cuello en un hilo de cáñamo. Así lo tuve tres días, hasta cuando Felipe me encontró en la calle, después del saludo habitual me dijo que no podía traer ese anillo, debía deshacerme de él, ya me compraría después otro.
Fue en esta playa, estaba parado en alguna de esas piedras, me descolgué la argolla, tenía por ella un aprecio especial, significaba para mi más que metal. Pasaron algunos minutos antes de vencer la dificultad de desprenderme de aquella joya, al fin ayudado por el hilo de cáñamo, la lancé con fuerza, con la idea de que nadie nunca volviera a tocarla.
El nuevo anillo que me regaló Felipe sí era de mi medida, pero mis manos son muy distintas ahora que cuando tenía doce años, es por eso que el día que ya no embonó en ninguno de mis dedos me lo colgué al pecho con una cadena, que porto como un amuleto que vibra con otro enterrado, como sé que lo está, entre los peñascos de esta playa.

Genitalidad, divino tesoro




Temporada de ajedrez en la placita del barrio


A Ana la trajo al barrio el amor platónico, el amor al arte o el amor perdido, bien a bien sería difícil precisarlo, poco platicaba. Su silencio hacía juego con la mirada perdida de su par de ojitos negros, los kilos de más que empezaban a amontonarse en sus carnes eran otra prueba de lo que yo calificaba como retraimiento; si me hubiera sido posible, si ella me hubiese dado la oportunidad de hablarle con la naturalidad con que acostumbro hacerlo a los buenos amigos, habría tenido el gusto de recomendarle lo que según mis estimaciones cambiaría su aspecto de adentro hacia fuera, sin empacho alguno la habría invitado a que mantuviera relaciones sexuales con más asiduidad o en su caso, con mejor calidad, de lejos se le notaba que a su cuerpo y a su mente le hacían falta orgasmos.
Después de mucho tiempo de no hacer ronda en la plaza pasé una tarde por ahí, vi que los viejos conocidos se reunían alrededor de un tablero de ajedrez y no quise dejar pasar la oportunidad de saludarles, así como tampoco de medir mi fuerza de juego con los que supe, poco después, eran unos entusiastas novatos, comenzaban a cultivar el noble arte del juego de reyes. Tenía a todos sorprendidos por la facilidad con que despachaba a cada uno de los presentes, a su vez ellos me tenían sorprendido a mí, por aquella criatura que contrastaba entre la mancha. Nueva para mí, ellos tenían un par de semanas de tratarla, con excepción de Gisberg, y lo hacían con familiaridad, como si ahí hubiera estado desde siempre, a ninguno se le ocurrió hacer presentación alguna, como yo hubiera querido. En cierta forma el ajedrez los tenía tan reunidos como la presencia de ella misma, su sola presencia, como digo, pocas veces hablaba. Yo volví a la plaza por el ajedrez, me pareció que tanto Rigo como Pacho podían elevar su nivel de juego, fueron ellos quienes con más insistencia me pidieron que volviese a la plaza, se reunían ahí todos los días.
Pasábamos la tarde pendientes del juego y recordando viejas tropelías, si estaba Gregory había cerveza, si no estaba Rigo podía faltar marihuana, a veces Gregory se tomaba solo su cerveza mientras nosotros bebíamos jugo o cualquier cosa, pero Rigo, él nunca faltaba, era una especie de anfitrión. Gente más gente menos, los asiduos nos contábamos como: Rigo, Pacho, Gregory, Gisberg, Ana y yo, todos desempleados, extraña coincidencia. Como las partidas eran muy malas sólo jugaba media hora para después pasar a tutelar el desarrollo de los combates, con el afán de que algo aprendieran. Rigo era quien más perdía y utilizaba como pretexto para su bajo rendimiento las temporadas que ha pasado en el hospital psiquiátrico (del que a la fecha es paciente externo), Pacho aprendía rápido, pero perdía por igual con Gisberg que con Ana, Gregory sólo le ganaba a Rigo. Mientras estas partidas se desarrollaban la charla la llevaba Gregory, nos contaba como la cocaína y el crack lo habían mandado a la ruina, divorciado y con tres hijos vivía con su mamá; era el único profesionista del grupo, Ingeniero de la UNAM y tenía tres meses de haber caído de nuevo a la colonia, después de haber pasado una estancia de un año en Cuernavaca. Desde siempre, la cerveza era lo único que le atenuaba los nervios y con algunas de más se acentuaba su platica de entrón, de ese tipo que se rifa el cuerpo y es audaz, de una temeridad astuta, pero sobre todo, de pose. El milagro de su vida lo platicaba mostrando una cicatriz que le abarcaba todas la lumbares, un callo gigante y asqueroso en su espalda baja, del tipo de repugnancia que se antoja ver con detenimiento. Pacho también era pronto para hablar, con regularidad interrumpía a Gregory para desmentirlo o precisarlo, ambos se conocían bien, en más de una ocasión habían hecho vaquita para comprar cristal. Pacho se jactaba todo el tiempo de haber corrido por el barrio el mejor cristal que nunca llegó, y cuando teníamos poco para fumar, añoraba la época, en que según él, le pagaban por envolver marihuana en ladrillos de a kilo. Rigo recordaba algunas cosas otras no, y tenía la mala costumbre de invocar a sus amigos muertos, cinco años mayor que Gregory, sólo él había conocido a algunos de los difuntos que evocaba. Ana en cambio no participaba de lo colectivo, contestaba a monosílabos cualquier pregunta, sin embargo cuando se le preguntaba en lo particular solía responder con un poco más de soltura, muy poco.
Todos los días, por cortesía, le abría un breve interrogatorio. Pacho y Gregory hacían lo mismo cada tercer día, Rigo hablaba mucho con ella quien sólo sonreía, cuando “conversaban” parecían ser los más amigos del grupo, no era así. La diferencia la establecía Gisberg, cuando estaban juntos ella cambiaba, los demás lo sabíamos, él era el único depositario pleno de su confianza. El Ingeniero Gisberg, como se presentaba ante desconocidos, la había conocido en un local de computadoras que mantenía en sociedad, algunos meses antes. Cuando el negocio quebró, ella se vino con él a jugar ajedrez y fumar mota a la plaza del barrio; en poco tiempo, con la reserva del caso, es decir, tanto como Gisberg lo aprobara, hizo varias amistades, Jorge de doña Cástula llegó a jugar cantidad de veces, y a conversar con ella; Capuleto se deshacía en halagos para con su sonrisa, disparada al primer halago; Tolo también rondaba y con sus actitudes me hacía creer que yo era un rival fuerte en la disputa de la pollita. De alguna manera todos esperaban lo que pronto se veía venir, aunque Gisberg decía que Ana y su esposa eran amigas, Leyla era muy celosa, pues Gisberg tenía suerte, y experiencia, para agenciarse relaciones como las de Ana. La reacción inteligente de Gisberg debía ser enfriar la relación poco a poco, de alguna manera todos pensábamos así, y en eso centraban sus expectativas algunos. En la medida que la amistad de Gisberg se fuese a la baja, ella elegiría entre quedarse en el barrio o no regresar, todos apostaban que elegiría a alguno de ellos como pretexto para poder seguir viendo a Gisberg. No desestimaba del todo su lógica, los lazos que ligaban a Ana con Gisberg eran fuertes, no parecían ser sólo a raíz del sexo, algo de su soledad se llenaba de repente con la sola presencia de Gisberg, que por otra parte no era efectivo con el verbo, pero sí con la mirada, con la pura mirada la controlaba. Era fácil percibir algo de envidia cuando se trataba el tema, una vez que Gisberg se marchaba a su casa.
Llegaron pronto los días en que Gisberg atendía menos a las palabras de Ana, la eludía para no escucharla y en dos ocasiones se fue dos horas antes de lo acostumbrado dejándola varada. Mientras, nosotros jugábamos ajedrez, fumábamos canabis y recordábamos viejos ayeres. Ya veía cerrarse el círculo cuando los imponderables acaecieron y los hechos se precipitaron, faltó tiempo para que el fruto maduro cayera, y lo que pudo haber sido se esfumó. La verdad es que nadie lo lamentó, en el fondo todos estábamos convencidos de que creer que la morrita iba a rolar por toda la banda, no era más que un cuento de hadas.
El infortunio avisó antes de llegar, pero no nos dimos cuenta. Distraídos, despreocupados, nos cayeron las fuerzas del orden público, los leyes. El operativo consistió en dos asoleados policías en bicicleta que ni siquiera nos revisaron, se retiraron cuando su ojo experimentado les permitió ver que no traíamos dinero. Antes que se marcharan hubo un breve altercado. Ana, en un lance inusual precipitó su caída, se armó de palabras con uno de los tiras que se había burlado del par de estrellas tatuadas con tinta verde que llevaba estampadas en la parte interna de cada antebrazo. Tuve que intervenir cuando le dijo que los guarros no entendían de símbolos que se llevan en la piel, callé a Ana y le devolví toda la autoridad al agente, que por otra parte, no conocía la palabra guarro. Se despidieron de lo más informal, como si fuésemos nuevas amistades, y siguieron pedaleando en la prevención del delito.
En lo cotidiano de la situación no pudimos prever lo que un par de días después sucedería. El día que se la llevaron Rigo se puso muy triste mientras recordaba diversos apañones que él mismo había sufrido. Sabíamos que no volvería, y si lo hacía sería como lo hizo, de hola y adiós. La tarde no se antojaba distinta a ninguna, cálida y seca, con gran tráfico en la avenida y pocos transeúntes cruzando la plaza. Estábamos los de costumbre, sólo Gisberg no había llegado, Ana lo esperaba con paciencia, nosotros con impaciencia. Gisberg se había convertido en nuestra última opción, cuando quisimos armar el primer toque salió a colación que nadie traía marihuana, parecía imposible. Nos preguntamos varias veces todos entre sí, y nadie traía cannabis. Gregory preguntó a todos fuerte e irritado: ¿Nadie trae un toque siquiera? Valen Madre.
Rigo se sentía culpable, se lamentaba de haber olvidado llevar algo a la plaza, pronto todos esperábamos que llegara Gisberg, él no fallaría. El último recurso sería ir a casa de Rigo por un par de gallos, yo me había comprometido en aportarle 20 varos para que repusiera su reserva.
Todo en orden y a la espera de Gisberg, empecé a despachar retadores, jugaba con Pacho y cuando cavilaba que el nivel de juego del grupo se había quedado estancado llegaron otra vez los azules. Nadie se percató de su presencia, hasta que estuvieron a unos cuantos metros. “Son los mismos”, pensé con tranquilidad cuando se acercaban. También Gregory había sido cogido desprevenido, traía una cerveza de litro en la mano, lo cual constituía una variante de la anterior visita, sin embargo la cosa no era grave.
-¿Y esa cerveza?-, le preguntó un policía a Gregory. –Inspección de rutina pareja-, acotó el mismo de inmediato, el otro policía entonces le pidió a Rigo que se separa del grupo para revisarlo.
-Siempre soy el primero-, decía contento Rigo, como si lo suyo fuese una deferencia. Gregory sintió su situación comprometida y le habló suave al policía de mando, el que días antes se había burlado de los tatuajes de Ana, haciéndole ver que si el problema era la cerveza era fácil llevarla al refrigerador de su casa, que estaba a pocos metros de ahí, se amparó entonces en su reputación, le dijo que todos los vecinos le conocían, pasó después a reconocer la labor que las fuerzas del orden hacían en la colonia, en estos tiempos de tanta inseguridad la tranquilidad de todos se debía a elementos como ellos; siguió después con la situación económica, lamentó la suya propia y volvió a la cerveza para decirle que un amigo a la pasada se la había regalado, andaba crudo y no había podido rechazar el regalo. Cuando parecía que Gregory tenía controlado al policía de mando, el otro ley revisaba la mochila de Ana. Entre un libro y un cuaderno encontró el vegetal verde, poco más de tres gramos forjados en papel arroz, listos para ser quemados. El par de policleto empezaron a hablar en claves, cosa que desesperó a Gregory. El policía de los cacheos cogió de la muñeca a Pacho, lo apartó del grupo.
-Siéntate ahí, no te levantes- le ordenó señalándole el suelo. Fue para con Gregory que no lo dejó acercarse, enérgico subió la voz.
-¿De qué se trata?- casi gritó mientras caminaba para atrás, suponía que podía ser esposado. -Y tú pendejo, levántate. ¿Qué pasó mi jefe? No me digas que por ese pinche toquecito, vas a cargar con todos. No mi jefe, hoy no hemos fumado nada. Nada. La bronca es toda de ella, llévatela a ella nada más-. Todos nos volteamos a ver, Gregory tenía algo de razón.
-¿Qué voy a decir en la federal? ¿Que yo no sabía que la escuincla pendeja traía un churro?, pero quítale lo pendeja, te la cuento peor: Sordita. Sorda. Si hubiera sacado el flavio se hubiera hecho humo, no da dos vueltas. Hace un rato preguntamos, quién trae y se hizo la sorda, quién trae, nadie. Nadie, y ahora, resulta que ahí está el cabrón, salió el clavo. Llévatela a ella, por sorda y por pendeja. Ya sabe que tiene que clavar, y si no sabe, ahí está, ¡que aprenda! Si no hemos fumado nada es porque no traemos nada mi jefe, te lo juro.
 Mientras el policía escuchaba a Gregory pidió una patrulla por radio. Sin emitir veredicto nos espulgó el rostro a cada uno con una mirada falsamente analítica, sólo para hacer tiempo mientras llegaba el apoyo y hacernos creer que estaba por resolver una difícil situación. Todos teníamos la certeza de que el cuico ya había tomado una decisión. Por cualquier cosa Gregory se había separado del grupo la distancia suficiente para correr con ventaja directo a su casa en cualquier momento. Me dirigí con el policía de mando, antes que contradecir a Gregory apoyé su juicio, pero le pedí que fuera benévolo con la muchacha, que le diera la libre por una ocasión, ella no era mala persona. Pero el policía no le pasaba la altanera manera con que ella lo había tratado en su anterior visita, era evidente que no iba a dejar pasar una sencilla revancha con un gran escarmiento. La circunstancia era diferente, ya ni siquiera reparaba en sus tatuajes.
-Se van a ir los dos juntos, no te preocupes- dijo el policía, y me dejó callado. Pacho se rió y Gregory se carcajeó. Rigo por un momento me dio la impresión de querer subirse a la cuerda también. La actitud pasiva de Ana la hacía parecer ausente pero no como cotidianamente se presentaba, sino de una forma recrudecida, de la que ni Gisberg la hubiera podido sacar. La patrulla se acercó por la avenida a unos treinta metros, no era una camioneta, buena señal, no cabríamos todos. Aunque a mí me había asegurado el lugar, el policía ya no me tomó en cuenta. Mientras la cogía de una de las estrellas tatuadas, le dijo:
-Ni modo, ya te tocaba.
Sin dejar la ironía disculpaba su proceder, estaba cumpliendo con su trabajo. Atravesaron la pequeña explanada, ella iba con el mismo aire ausente de siempre, ese mismo semblante de todos los días, el que pensaba yo se lo producía la marihuana, pero no había fumado, y por no haber fumado ya iba camino a la dirección de seguridad pública. Los policletos la depositaron en la patrulla, y se retiraron. El consuelo que nos quedó fue que a sus 17 años, por ser menor de edad, muy seguramente evitaría caer en la federal.
Gisberg llegó minutos después, Gregory le narró al detalle el suceso, su pinta de vampiro me permitió adivinar que esos ojos fijos, montados en su huesuda cara no veían el episodio dramatizado por Gregory, sino los que éste habría de desencadenar. Gregory repetía entre risotadas los dos calificativos que le merecía Ana, sorda y pendeja. Toda la tarde le dimos vueltas al suceso del día.
Yo no volví a ver a Ana, Gisberg nos comentó que había sufrido una pequeña crisis familiar, la mamá de Ana no sabía que ella fumaba marihuana, había sido muy penoso para toda la familia el trámite ante las autoridades, y sí había pisado la federal, aunque sólo de pasada, después de 36 horas la entregaron con su mamá en el centro tutelar. Como castigo la señora le prohibió salir a la calle durante tres días y le restringió el dinero, no traía ni para los camiones. Supe que llegó a la plaza en un par de ocasiones sin poder encontrarse con Gisberg y se fue rápido, para entonces él ya no le contestaba el teléfono, me contaron que poco platicó de su recorrido por los fondos policiales, pero que rió mucho cuando Gregory le hizo referencia a los hechos.
Después de la detención de Ana todos empezamos a ser irregulares a la cita, con excepción de Rigo, que por las tardes siguió sacando a pasear sus cinco perros a la plaza, de él había sido la idea de llevar el tablero y jugar con Gisberg mientras los perros se ejercitaban, para después tenderse acompañando a los jugadores.
Un día nos encontramos solos Rigo y yo.
–¿Nos echamos una partida?- me preguntó animado. Raro en mí, me negué. No era necesario especificar más. Le dije que los dos teníamos un gusto especial por el ajedrez y le prometí regalarle una revista con diagramas para resolver. A partir de entonces dejó de llevar el tablero a la plaza.